
26 de Junio 2006
En defensa de los lobbies
Pocas veces me he sentido tan estupefacto como al leer el artículo de Enrique Dans Lobbistas y gentes de mal vivir. En su columna, Dans muestra una imagen de la actividad de lobby totalmente distorsionada y alejada de la realidad. Para él, los lobbistas no son más que una especie de mafiosos al servicio que oscuros intereses que compran, por las buenas o por las malas, a los políticos. Se equivoca.
No podemos negar que algunos lobbistas caigan en prácticas poco éticas o incluso delictivas, pero eso ocurre en todos los sectores de la sociedad, ¿acaso el periodismo, la universidad y la política están al cien por cien a salvo de ello? Pero eso no implica que todos sean así. Los lobbies no dejan de ser una expresión de la sociedad civil frente al poder político. Pueden representar o estar formados por empresas, pero también por usuarios de algún sector, defensores de una idea u otra, activistas pro derechos humanos o a favor de cierto cambio legislativo. Los hay permanentes, con agendas amplias, y otros que se crear para conseguir un objetivo concreto y que desaparecen cuando este se ha logrado o se ve como imposible.
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